[ES] La trampa de la autoexigencia silenciosa
[ES] La trampa de la autoexigencia silenciosa

La trampa de la autoexigencia silenciosa

Cuando nadie te lo pide, pero igual sentís que no alcanza

En el mundo académico hay una exigencia que casi nunca aparece escrita en ningún lado.
No está en los reglamentos, ni en los criterios formales de evaluación, ni en los mails institucionales.

Y sin embargo, está en el aire, y pesa.

Es la autoexigencia silenciosa: esa sensación persistente de que podrías haber hecho un poco más, pensado mejor, llegado más lejos.

Aunque nadie te lo haya pedido.


Cuando la exigencia deja de venir de afuera

Al comienzo de la carrera académica, la exigencia suele ser externa: fechas límite, evaluaciones, concursos, publicaciones, métricas claras (o al menos visibles).

Pero con el tiempo ocurre algo sutil: la exigencia se internaliza.

Ya no hace falta que alguien supervise, corrija o empuje. La vara se vuelve interna, automática, constante.

Y lo más complejo es que esa vara rara vez está bien definida.

No es “tenías que hacer X”. Es “podrías haber hecho un poco mejor”.


El problema no es la exigencia, es su forma

La autoexigencia suele confundirse con compromiso, responsabilidad o amor por lo que uno hace.
Y muchas veces empieza ahí.

El problema aparece cuando:

  • no tiene límite temporal,
  • no se apaga con el descanso,
  • no distingue entre “suficiente” y “excelente”,
  • no registra el contexto (cansancio, recursos, momento vital).

Entonces deja de ser un motor y se convierte en un ruido de fondo permanente. Un ruido que no grita, pero tampoco se calla.


“Nadie me lo pidió”… pero igual pesa

Una de las frases más frecuentes que escucho en procesos de coaching es esta:

“Siento que siempre estoy atrasado/a.”

Ahí suele aparecer la confusión. Porque ¿si nadie me reclama, por qué siempre estoy en deuda?

La respuesta no está en la tarea, sino en el sistema interno que evalúa todo el tiempo.

Un sistema que:

  • revisa lo que hiciste,
  • anticipa lo que podrían pensar,
  • compara con estándares implícitos,
  • culpabiliza por la falta de oportunidades externas,
  • naturaliza la vergüenza por no haber estado "a la altura" de las circunstancias,
  • y rara vez registra lo que estuvo bien.

El costo cognitivo de vivir en evaluación permanente

Estar todo el tiempo autoevaluándose no es neutro.

Tiene un costo:

  • en energía mental,
  • en claridad,
  • en disfrute,
  • y en capacidad real de decidir.

Paradójicamente, cuanto más exigente se vuelve la voz interna, menos espacio queda para pensar con flexibilidad.

Y no porque falte capacidad, sino porque la mente está ocupada defendiéndose de sí misma.


Hacer visible la trampa

La autoexigencia silenciosa es difícil de cuestionar porque no se presenta como problema. Se presenta como “lo normal”, “lo esperable”, “lo que hay que hacer”.

Por eso el primer paso no es bajarla, ni eliminarla, ni “ser más amable”. El primer paso es hacerla visible.

Preguntarse, por ejemplo:

  • ¿Qué estándar estoy usando para evaluarme ahora?
  • ¿De dónde salió?
  • ¿Es explícito o implícito?
  • ¿Es humano o inalcanzable?
  • ¿Qué pasaría si hoy fuera suficiente?

Esto no es una tarea, no son preguntas para responder rápido, sino para empezar a escuchar algo distinto del automático “no alcanza”.


Tomate un momento para reflexionar

¿Estás cansado/a de tu trabajo?¿O estás cansado/a de no poder apagar nunca la evaluación interna?

¿Te ha servido intentar resolver esto con más esfuerzo, o será que toca mirarlo con más conciencia sobre cómo funciona esa exigencia que ya vive adentro?

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